Dedicado a Willy Lee
Se ríen a carcajadas
los maricas de la esquina
que cambian amor de Yagé
por anfetaminas.
Él carga una pesada mochila,
llena de escombros
de alguna civilización
perdida.
Hoy es el día!,
bramaron los leñadores.
Hoy le vas a probar a la muchedumbre
cuan hombre sos.
Tomó la espada,
y delicadamente, paso su lengua por el filo.
La sangre brotó como lava,
Que hermoso día!, pensó.
Escupió a todos los presentes,
se mezclaron el asco,
el miedo,
la ira.
Los más rápidos,
se agolparon.
Pronto tendieron las redes
y las jeringas descartables.
A lo lejos se oían las sirenas
aviones, helicópteros, autos, motos.
Todos venían por su alma,
a limpiarla definitivamente.
Se meó encima,
y comenzó a rezar.
Tomó la espada,
y se la hundió directo en su corazón.
Cayó de rodillas en la plaza de las moscas.
Con su último aliento susurró:
“Este es mi fin,
pero no por mucho tiempo”.