El avisado propietario de una pequeña casa de fieras había logrado contratar, por breve tiempo, al famoso lobo estepario Harry. Lo pregonó por toda la ciudad con carteles anunciadores y se las prometió muy felices con la afluencia de los visitantes. No quedó defraudado en sus esperanzas. La gente había oído hablar del lobo estepario, la leyenda de esta bestia se convirtió en un tema de conversación en los medios cultivados, todos pretendían saber este o aquel detalle sobre el animal y las opiniones al respecto estaban muy divididas. Algunos estimaron que una fiera como el lobo estepario era siempre un bicho de cuidado, peligroso y malsano; se mofaba de la burguesía, arrancaba las imágenes nobles de los muros de los templos de la cultura e incluso se burlaba de Johann Wolfgang Goethe, y como aquel animal de la estepa no tenía nada de sagrado y ejercía una suerte de fascinación sobre parte de la juventud, había que matarlo de una vez; mientras no estuviera muerto y enterrado, no se podía fiar de él. Pero no todos compartían esta opinión tan simple, honrada y probablemente acertada. Había otro sector que se acostaba a una versión totalmente distinta; en su opinión, el lobo estepario era, en efecto, un animal peligroso, pero tenía no sólo el derecho a la existencia, sino una misión de tipo moral y social que cumplir. Todos llevamos – afirman los partidarios de esta tesis, generalmente personas muy cultas -, todos llevamos en nuestros pechos, secretamente y sin confesarlo, un lobo estepario. Los pechos a que hacían referencia eran los muy respetables de damas de mundo, de abogados e industriales, y estos pechos se cubrían de camisas de seda y chaleco corte moderno.

Todos experimentamos en nuestra intimidad –decían estas gentes liberales- los sentimientos, instintos y sufrimientos del lobo estepario, todo tenemos que luchar por ellos, y cada uno de nosotros es, en el fondo, un pobre lobo estepario, aullante y hambriento. Quienes así se expresaban vestían camisas de seda, y muchos críticos declarados abundaban en la misma opinión, y luego se cubrían con sus hermosos sombreros de fieltro, se ponían sus hermosos abrigos de piel, subían a sus hermosos automóviles y volvían a su trabajo, sus despachos y redacciones, sus consultas y sus fábricas. Una noche tomando un whisky, uno de ellos llegó a proponer la fundación de un Club de Lobos Esteparios.

El día que la casa de fieras abrió su nuevo programa, entraron muchos para ver al siniestro animal, cuya jaula sólo podía visitarse previo pago adicional de diez céntimos. El empresario había adecentado provisionalmente una pequeña jaula que había ocupado una pantera muerta prematuramente. El inquieto propietario se sentía un poco desorientado, pues ese lobo estepario siempre había sido un animal algo insólito. Al igual que aquellos señores abogados e industriales llevaban presuntamente escondido bajo la camisa y el frac un lobo, este lobo llevaba escondido en su fuerte pecho velludo un hombre, sentimientos humanos, melodías de Mozart, etc. Para responder a las peculiares circunstancias y a las expectativas del público, el astuto empresario (que sabía desde hacía años que los más salvajes animales nunca son tan caprichosos, peligrosos e imprevisibles como el público) había adornado la jaula de forma algo extraña, colocando algunos emblemas del hombre-lobo. Era una jaula como las demás; verjas de hierro y un poco de paja en el suelo; pero de una pared colgaba un lindo espejo Imperio, en medio de la jaula aparecía un pequeño piano, un pianino, con el teclado al descubierto, y sobre el mueble algo desvencijado se exhibía un busto en yeso del príncipes de los poetas, Goethe.

En el animal que tanta curiosidad despertaba no se advertía nada llamativo. Tenía justamente la apariencia que corresponde al lobo estepario, el lupus campestres. Casi todo el tiempo yacía inmóvil en un rincón, lo más lejos posible de los espectadores, mordisqueando sus cuartos delanteros, y miraba fijamente como si en lugar de la verja tuviera ante sí la estepa infinita. A veces se levantaba y paseaba por la jaula; entonces el piano oscilaba sobre el suelo irregular, y arriba el príncipe de los poetas en yeso se tambaleaba peligrosamente. La fiera se preocupaba poco de los visitantes, y en realidad casi todos quedaban decepcionados de su estampa. Pero también sobre esta estampa había opiniones encontradas. Muchos decían que el animal era completamente normal, sin expresión, un estúpido lobo ordinario y nada más, y hacía observar que “lobo estepario” no era un concepto de zoológico. Otros, en cambio, sostenían que el animal poseía unos bellos ojos y todo su porte delataba una sensibilidad sorprendente que arrebata el corazón. Los escasos visitantes enterados sabían muy bien que aquellas observaciones sobre el aspecto del lobo estepario podían aplicarse igualmente a cualquier otro animal de la exposición.

Hacia el mediodía llegó al recinto especial de la barraca que albergaba la jaula del lobo un pequeño grupo que se detuvo largo rato contemplando al animal. Eran tres personas, dos niños y su educadora: una niña de ocho años, bonita y bastante callada, y un robusto chaval de unos doce años. Ambos le cayeron bien al lobo, su piel olía a juventud y salud y el bicho lanzaba frecuentes miradas a las erectas y bellas piernas de la niña. La institutriz ya era otra cosa, y el lobo procuraba mirarla lo menos posible.

A fin de estar más próximo a la linda chiquita y poder olerla mejor, el lobo Harry se había tendido apretándose contra la verja de enfrente. Mientras aspiraba con placer el efluvio de los dos pequeños, escuchaba un poco aburrido los comentarios de los tres, que parecían interesarse mucho por Harry y platicar muy animadamente sobre él. Su actitud era varia. El chico, un mocito bien plantado y sano, expresaba la opinión que había oído en casa a su padre. El sitio indicado para un bicho así era detrás de las rejas de las casas de fieras, y dejarlo en libertad sería una necedad irresponsable. Tal vez cabía la prueba de adiestrar al animal, por ejemplo para arrastrar trineos como un perro esquimal; pero sería difícil obtener buenos resultados. No, él, Gustav, si se encontraba con uno de esos animales, lo mataría a tiros, y a otra cosa.

El lobo estepario escuchaba y se lamía apaciblemente el hocico. El muchacho le gustaba. “Es de esperar –pensó- que tengas a mano un rifle, si un día nos encontramos. Y espero también salirte al paso fuera, en la estepa, y no desde cualquier rincón y por sorpresa”. El chico le caía simpático. Llegaría a ser un joven guapo, un excelente ingeniero o un industrial o un militar, y a Harry no le desagradaba la idea de medir algún día sus fuerzas con él y, en último extremo, caer muerto bajo sus disparos.

No era tan fácil conocer la actitud de la linda niña frente al lobo estepario. Le miraba, y lo hacía con más curiosidad y más a fondo que las otras dos personas, que creían saberlo ya todo sobre él. Decididamente le gustaba la lengua y los dientes de Harry, y también le agradaron los ojos, mientras que miraba con desconfianza su piel un tanto descuidada, y percibió el penetrante olor a animal de presa con una excitación e inquietud en la que se mezclaban la repulsión y el asco con un cierto placer y curiosidad. No, en conjunto no le cayó mal, y tampoco se le escapó que Harry mostraba inclinación hacia ella y la miraba con avidez y admiración, lo que ella acogió con visible agrado. La niña formulaba de cuando en cuando las preguntas.

-Por favor, señorita, ¿por qué le han puesto a este lobo un piano en la jaula? –preguntó-. Yo creo que preferiría que le echaran algo de comer.

-No es un lobo corriente –contestó la señorita-, es un lobo musical. Pero esto tú no lo puedes entender aún, pequeña.

La niña torció un poco su linda boquita e insistió:

-Por lo visto, hay muchas cosas que yo no puedo entender. Si es un lobo aficionado a la música, claro que debe tener un piano, y si quiere dos también. Pero que encima del piano le pongan esa figura, lo encuentro gracioso. ¿A que viene eso?

-Es un símbolo –trató de explicarle la educadora. Pero el lobo acudió en ayuda de la pequeña. La miró muy efusivamente y con ojos enamorados, luego dio unos saltos que por un momento asustaron a los tres, se estiró cuan largo era y se arrimó al inseguro piano, comenzando a frotarse y restregarse contra el canto del mismo, cada vez con más fuerza y violencia, hasta que el busto, tambaleante, perdió el equilibrio y se vino abajo. Hubo un estrépito en el suelo y el Goethe se rompió en tres pedazos, al igual que el Goethe de algunos filólogos. El lobo olisqueó un momento cada uno de estos trozos, luego les volvió indiferente la espalda y buscó de nuevo la proximidad de la niña.

Ahora entra la educadora en el primer plano de los acontecimientos. Era de esas personas que, pese a su atuendo deportivo y su peinado a lo garçon, creen haber descubierto en su pecho un lobo; era de las lectoras y admiradoras de Harry y se tenía por su hermana espiritual, pues también ella escondía en su pecho toda suerte de sentimientos reprimidos y problemas existenciales. Alguna débil sospecha sí tenía de que en su vida bien resguardada, bien acompañada y bien aburguesada la estepa y la soledad brillaba por su ausencia, de que jamás poseería el valor o la desesperación suficiente para romper con aquella rutina y ensayar, como Harry, el salto mortal al caos. Ah no, por supuesto que esto no lo haría jamás. Pero siempre abrigaría una simpatía y comprensión hacia el lobo estepario, y con mucho gusto le demostraría estos sentimientos. Tendría mucho gusto, una vez que Harry volviera a asumir la figura humana y vistiera un smoking, en invitarle un té o en tocar Mozart con él a cuatro manos. Y decidió intentar algo en este sentido.

Entretanto la pequeña ochoañera le había dedicado todo su afecto al lobo. Estaba encantada de que el inteligente animal hubiera tirado el busto y comprendió perfectamente su significado: el lobo había entendido sus palabras y tomado abiertamente partido a favor de ella y contra la educadora. ¿Llegaría incluso a derribar el piano? Oh, era magnífico aquel lobo, le gustaba de verdad.

Harry ya había perdido el interés por el piano y se había posado muy próximo a la niña; apretado contra la verja, mantenía el hocico a ras del suelo, entre las rejas, como un perro zalamero, vuelto hacia la niña, y la solicitaba con ojos encandilados. Entonces la niña no pudo resistir. Fascinada y llena de confianza, extendió su manita y acarició el oscuro hocico del animal. Harry la animó con su mirada y empezó muy suavemente a lamerle la manita con su lengua caliente.

Al verlo la institutriz, se decidió. También ella quería darse a conocer a Harry como hermana comprensiva, también ella quería fraternizar con él. Desató presurosa un elegante paquetito envuelto en papel de seda e hilo dorado, extrajo del papel estaño una apetitosa golosina, un corazón de chocolate fino, y con mirada significativa se lo ofreció al lobo.

Harry parpadeó y siguió lamiéndole la mano a la niña, pero al mismo tiempo vigilaba atentamente todos los movimientos de la institutriz, y justo en el momento en que tuvo al alcance su mano con el corazón de chocolate, lanzó un mordisco con la velocidad del rayo y atrapó en sus dientes el corazón y la mano. Las tres personas gritaron al mismo tiempo y se echaron atrás, pero la educadora no pudo escapar, estaba atrapada por el hermano lobo y pasaron unos instantes angustiosos hasta que pudo liberar la mano sangrante y contemplarla horrorizada. El lobo le había mordido con ganas.

La pobre señorita siguió chillando. Pero en aquel momento quedó totalmente curada de su conflicto interior. No, ella no era una loba, ella no tenía nada en común con aquel monstruo salvaje, que entretanto olisqueaba con interés el ensangrentado corazón de chocolate. E inmediatamente pasó al ataque.

En medio del desconcertado grupo que se formó en torno a ella, y en el que el dueño del establecimiento, lívido de espanto, era su contrincante, se irguió la señorita, manteniendo alejada de sí la mano sangrante para proteger su vestido, y declaró solemnemente y con inflamada oratoria que no descansaría hasta que el brutal atentado quedara vengado, y que más de uno se iba a asombrar de la cantidad que iba a exigir en concepto de indemnización por la deformación de su hermosa mano de pianista. Y al lobo había que matarlo, no se contentaba con menos.

En fulminante reacción, el empresario le señaló el chocolatín, que todavía yacía a los pies de Harry. Le recordó que estaba severamente prohibido, y constaba así el cartel, dar de comer a los animales, y la empresa declinaba toda responsabilidad al respecto. Podía tranquilamente llevarle a juicio, ningún tribunal del mundo le daría la razón. Además, él tenía seguro de responsabilidad civil. Lo más sensato era que la dama fuera inmediatamente al médico.

Es lo que hizo. Pero del médico marchó, apenas vendada la mano, a un abogado. En los días siguientes la jaula de Harry fue visitada por un centenar de personas.

A partir de entonces, el contencioso entre la dama y el lobo estepario tiene en vilo a la opinión pública. La parte querellante pretende responsabilizar ante todo al lobo Harry, y sólo en segundo lugar al empresario. Porque –así se expresa el pliego acusatorio- el tal Harry no debe ser considerado en modo alguno un animal irresponsable; lleva nombre propio, de ciudadano; sólo temporalmente se comporta como animal de presa, y ha editado un libro de memorias. En cualquier sentido que se pronuncie el tribunal competente, el proceso pasará sin duda por todas las instancias hasta llegar al tribunal supremo.

Podemos esperar, pues, de la más alta magistratura y para una fecha no lejana la respuesta definitiva al problema del si el lobo estepario es hombre o fiera.

2 Comentarios

  1. muy bueno… ya me suponía que nuestro querido Harry no había muerto y que estaba haciendo de las suyas por ahí… el teatro mágico no le represento ningún trauma sigue tan vital como siempre

  2. Gracias por publicar este cuento.


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