Sus bellos ojos impávidos observaban desde lo bajo el trágico desenlace.
Recostado sobre una silla de madera, bebía con desidia la borra de vino tinto que restaba de la botella. La emotividad del recuerdo llamó a su puerta invitándolo a naufragar en el profundo mar de la exquisita decadencia.
La última gota que revalsó el vaso.
El reloj marcaba las seis de la mañana. Ya era la hora.
Tomó el revolver calibre 22 que escondía sobre el ropero, lo llevó hasta su sien, apoyó la yema de su dedo índice sobre el gatillo y lentamente comenzó a jalarlo.
El tiempo y el espacio comenzaron a desfigurarse. La habitación tomaba otras dimensiones. Los colores, las formas y los conceptos mutaban en una cadencia cíclica infinita. Cada milésima de segundo corría con la lentitud exacta con la que cae una gota sobre un espejo empañado.
Futuro, pasado y presente atravesaban su retina. Cruzaban destellos como jabs directos a su mandíbula.
Una melodía en el vacío escrita con notas de nostalgia dejó caer sobre sus manos el último tesoro que poseía: sus recuerdos. Como un malabarista de lo obsceno, comenzó a recorrer las delgadas huellas que había trazado su existencia.
Una noche de verano la había conocido. Su primera impresión había sido errónea: creía que era un peón más, un peón más en el gran juego de reyes.
Su cabello era negro, salpicado por furiosos mechones rojos. Vestía un pantalón marrón ajustado en composé con su remera gris a rayas gastadas.
Las imágenes eran demasiado vívidas. Percibía todos los detalles de aquel primer encuentro. Todos sus sentidos se deleitaban ante la repetición incesante del canto de sirenas. Volvía a vivir su vida pero sólo como espectador.
Algo escondía en su mirada aquella joven con sonrisa angelical. No podía quitar su mirada sobre ella: la intriga incitaba sus instintos más bajos. Pensó en miles de formas de entablar una conversación, pero todas eran inútiles, sabía que iba a actuar como un idiota más, tan predecible, tan mediocre.
Un rayo de valentía abordó su conciencia y sin titubear acudió a su encuentro. Entre empujones y zigzagueadas se abrió paso hasta su mesa. La atmósfera del bar era densa: una gruesa cortina de humo cubría las mascaras, mientras que una nube de ruidos daba paso a la clandestinidad.
-Hola soy Hernán- le susurró al oído, disparando su sonrisa como rifle.
- Yo soy Jazmín- le replicó asombrada al sentir una cálida sensación de familiaridad.
Sus miradas se fundieron en el fuego eterno del amor a primera vista. Entre castillos de humo y dragones encontraron lo que tanto habían anhelado: el dulce néctar de la esperanza, que endulza nuestros labios, embriaga nuestros sentidos y nos devuelve a la fuente de la creación.
Tomó su mano lo más fuerte que pudo, para sellar definitivamente sus destinos. Una tormenta de arena arremetió con todas sus fuerzas sobre el espejismo del desierto. Cada grano de arena que corría con la velocidad del viento, desintegraba lentamente su tesoro. Su pelo, su boca, su cuerpo se convertía en polvo. Todo desaparecía y se contraía sobre un solo punto.
Los primeros rayos de luz comenzaron a entrar por la rendija de la ventana. Su vuelo había sido corto e intenso. Todo volvía a ser como antes.
Jazmín seguía allí fría y pálida, ahogada sobre un charco de sangre. Su expresión, la última de todas, era de paz. Había conseguido las alas que tanta necesitaba.
La soga de la culpa comenzó a asfixiarlo. Tomó real dimensión de lo que había ocurrido.
Se sintió atravesado por la daga de la modernidad. Otra vez su ego había tomado el control.
Entre lágrimas, se preguntaba ¿por qué lo hice si de todas formas la hubiese perdonado?
Las cartas estaban ya sobre la mesa. Era hora de jugar al azar.
Una fuerte detonación perturbó el silencio agobiante de la fría mañana de mayo. Las paredes se estremecieron.
Juan que alquilaba una pieza en la misma pensión, se angustió profundamente al escuchar el estruendo. Perturbado, sintió que nunca más iba a ser el mismo. Doña Clara que vivía en el edificio lindero le preguntó intrigada a su marido que podría haber sucedido.
Nada, nada había ocurrido. La ciudad se despertaba monótona y veloz, como de costumbre.
Los pájaros siguieron cantando sobre los árboles, mientras que el sol calentaba fríos corazones.
Pronto: Crónicas del caos Cap. II y Cap. III