Corre sobre la mortal sombra del desierto
un ladrón fugitivo,
languideciendo en las dunas,
envuelto en mantas de fantasía.

En el horizonte el fuego rima,
nace in crescendo,
conjurando su alma
redoblando el tambor de los dioses.

Sus pies no tocan el suelo,
el misterio se desgrana;
una montaña incandescente
ilumina la noche a los pequeños gigantes.

Esperaban su llegada de antaño,
no retumbaron las sorpresas;
quitándose la máscara con destreza,

comenzó a balbucear la luz de los objetos.

Sobre el fuego,
los ojos danzan,
se repliegan sobre si mismos,
figurando un ejército de caballeros rojos.

Equinos montados por rufianes
son dirigidos hacia la Guerra,
la Última de todas,
la gran masacre de los pueblos.

Surcan las llamas,
los pueblos se convierten en árboles,
los caballos en caimanes,
los hombres en gotas de un río.

Navegaban en bote
marea incierta de los hombres.
Están todos Ellos,
los que abrazan el alba con sus pestañas.

El precipicio se acerca,
saben que no pueden evitar la catarata,
solo saltar
y nadar contra la corriente.

Solo Uno se zambulle
sumergiéndose en el abismo.
Sus lágrimas no cuentan,
el agua cura sus heridas.

Criaturas celestiales
explotan su imaginación fosforescente,
recitando desde las grietas submarinas
la ópera del infinito.

Explosión de burbujas,
elevándose sin control,
nada hacia la tierra,
esperando su salida.

Nadie lo espera en la superficie,
solos los huesos brillan,
la ausencia cubre el vacío,
el cielo llena su aura.

Despliega sus brazos,
el viento susurra,
es hora de viajar,
hasta el fin del universo.

Doblegando destinos
que parecen quebrarse,
la música no cesa,
el espacio se abre.

Walter Sans Avoir
pasa al mismo tiempo,
entre laureles de fuego
y punkies de barrio.

Escupiendo navidades:
cuando digas la palabra justa,
el invierno desaparecerá,
justo a tiempo.

Blues post nuclear
los chicos están mutando,
saben de lo que hablan,
las ranas lo cantan.

Ella patina sobre hielo negro.
sobre un mar congelado,
despliega sus alas invisibles
a la luz de los cantos lunáticos.

Mira sobre sus hombros,
la Nada le sonríe.
Sabe que un giro en falso,
puede quebrar el delgado hielo.

Aún así,
danza sin cesar
sobre la cornisa
del fin de los tiempos

Su pelo negro,
envuelve su delicado rostro.
Sólo sus ojos,
reflejan el brillo del mundo.

Una llama en el horizonte,
persigue sus pasos.
Es el fin,
de un nuevo comienzo.

Mi corazón es
como el iceberg que hundió al Titanic
¿Dónde están ahora los rostros familiares?
¿Tan rápido escaparon de la magnífica fiesta?

Puede ser que hayan oído un temblor,
que fundió el panico y el asco en un solo punto.
Puede ser que la Noche apareciera
Sin que se dieran cuenta.

Pero, ¿ Porqué me siento así por ellos?
Yo reía hasta desangrarme
Cuando el frío
Se incrustó en mi pecho

Ya nunca podré quitarlo
Hasta que vuelva a encontrarlos,
Quizás en algún ágape de modas
O en un bazar de prendas chinas.

El horror
los espejos partidos
las voces extintas
la mirada que calla.

Los rompecabezas estallan
en partes infinitas
El mar es sólo una promesa
de un juego de dados.

Son las olas que rugen
la luna que crece
creando el misterio
Trascendental, Infinito, Efímero.

La magia
yace despierta en la Locura….
esperando el Sol por nacer
para resplandecer como estrella Guía.

L.W.

Espacio contemporáneo de arte culinario.

Rotación de giroscopio noctámbulo.

Néctar delicioso cubierto de terciopelo.

Amanecer generacional residual y radiante.

Notas danzantes en perfecta armonía

Miradas candentes cargadas de lujuria.

Tiempo de cambios y aventuras estrambóticas.

Colchón de pétalos rojos rellenos de chocolate.

Paradoja existencial única y decidida.

Universos de formas y sensaciones.

¿Este puede ser el comienzo de algo?

Ruleta mística de deducciones lógicas.

La imperfección es su forma más pura

Rascacielos miniatura de arena y sal.

Sus bellos ojos impávidos observaban desde lo bajo el trágico desenlace.

Recostado sobre una silla de madera, bebía con desidia la borra de vino tinto que restaba de la botella. La emotividad del recuerdo llamó a su puerta invitándolo a naufragar en el profundo mar de la exquisita decadencia.

La última gota que revalsó el vaso.

El reloj marcaba las seis de la mañana. Ya era la hora.

Tomó el revolver calibre 22 que escondía sobre el ropero, lo llevó hasta su sien, apoyó la yema de su dedo índice sobre el gatillo y lentamente comenzó a jalarlo.

El tiempo y el espacio comenzaron a desfigurarse. La habitación tomaba otras dimensiones. Los colores, las formas y los conceptos mutaban en una cadencia cíclica infinita. Cada milésima de segundo corría con la lentitud exacta con la que cae una gota sobre un espejo empañado.

Futuro, pasado y presente atravesaban su retina. Cruzaban destellos como jabs directos a su mandíbula.

Una melodía en el vacío escrita con notas de nostalgia dejó caer sobre sus manos el último tesoro que poseía: sus recuerdos. Como un malabarista de lo obsceno, comenzó a recorrer las delgadas huellas que había trazado su existencia.

Una noche de verano la había conocido. Su primera impresión había sido errónea: creía que era un peón más, un peón más en el gran juego de reyes.

Su cabello era negro, salpicado por furiosos mechones rojos. Vestía un pantalón marrón ajustado en composé con su remera gris a rayas gastadas.

Las imágenes eran demasiado vívidas. Percibía todos los detalles de aquel primer encuentro. Todos sus sentidos se deleitaban ante la repetición incesante del canto de sirenas. Volvía a vivir su vida pero sólo como espectador.

Algo escondía en su mirada aquella joven con sonrisa angelical. No podía quitar su mirada sobre ella: la intriga incitaba sus instintos más bajos. Pensó en miles de formas de entablar una conversación, pero todas eran inútiles, sabía que iba a actuar como un idiota más, tan predecible, tan mediocre.

Un rayo de valentía abordó su conciencia y sin titubear acudió a su encuentro. Entre empujones y zigzagueadas se abrió paso hasta su mesa. La atmósfera del bar era densa: una gruesa cortina de humo cubría las mascaras, mientras que una nube de ruidos daba paso a la clandestinidad.

-Hola soy Hernán- le susurró al oído, disparando su sonrisa como rifle.

- Yo soy Jazmín- le replicó asombrada al sentir una cálida sensación de familiaridad.

Sus miradas se fundieron en el fuego eterno del amor a primera vista. Entre castillos de humo y dragones encontraron lo que tanto habían anhelado: el dulce néctar de la esperanza, que endulza nuestros labios, embriaga nuestros sentidos y nos devuelve a la fuente de la creación.

Tomó su mano lo más fuerte que pudo, para sellar definitivamente sus destinos. Una tormenta de arena arremetió con todas sus fuerzas sobre el espejismo del desierto. Cada grano de arena que corría con la velocidad del viento, desintegraba lentamente su tesoro. Su pelo, su boca, su cuerpo se convertía en polvo. Todo desaparecía y se contraía sobre un solo punto.

Los primeros rayos de luz comenzaron a entrar por la rendija de la ventana. Su vuelo había sido corto e intenso. Todo volvía a ser como antes.

Jazmín seguía allí fría y pálida, ahogada sobre un charco de sangre. Su expresión, la última de todas, era de paz. Había conseguido las alas que tanta necesitaba.

La soga de la culpa comenzó a asfixiarlo. Tomó real dimensión de lo que había ocurrido.

Se sintió atravesado por la daga de la modernidad. Otra vez su ego había tomado el control.

Entre lágrimas, se preguntaba ¿por qué lo hice si de todas formas la hubiese perdonado?

Las cartas estaban ya sobre la mesa. Era hora de jugar al azar.

Una fuerte detonación perturbó el silencio agobiante de la fría mañana de mayo. Las paredes se estremecieron.

Juan que alquilaba una pieza en la misma pensión, se angustió profundamente al escuchar el estruendo. Perturbado, sintió que nunca más iba a ser el mismo. Doña Clara que vivía en el edificio lindero le preguntó intrigada a su marido que podría haber sucedido.

Nada, nada había ocurrido. La ciudad se despertaba monótona y veloz, como de costumbre.

Los pájaros siguieron cantando sobre los árboles, mientras que el sol calentaba fríos corazones.

Pronto: Crónicas del caos Cap. II y Cap. III

I- El principio del fin

Un nuevo amanecer en la gran ciudad y junto a él la muerte sin-sentido.
Las fábulas congeniadas por los más cínicos opinólogos, ahora se convertían en reales. El fantasma de la inseguridad resurgía de la conciencia colectiva.
Un disparo. Plegarias desgarradoras de justicia y castigo.
Era el momento de buscar un punto en donde condensar todos los interrogantes, que explicaran el porqué de todo el absurdo de la vida en sociedad, dando una solución mágica que devuelva el sentido de existir, para volver a casa a encender la televisión.
El toque de queda se había decretado para el mediodía. Por circunstancias casuales, me encontraba en el epicentro de la locura. Abrí la puerta, y me sumergí de lleno en las calles de la confusión y el caos, en busca de algún colectivo que me rescatara de aquel paraje.
Tenía un paso dócil y cauteloso como los latidos de mi corazón. Percibía en el aire una sensación de irreversibilidad muy fuerte; el Apocalipsis había comenzado, ya la suerte estaba echada.
Fui recorriendo con asombro las delgadas calles del centro, viendo a las máscaras más humanas que nunca. Intentaba creer (en vano) que todo esto era producto de mi tristeza y melancolía, que era todo parte de un mal sueño. Pero el sueño era demasiado real. Una sensación muy profunda fraguaba mis intentos escapatorios.
Caminé unas cuadras y llegué mi destino. El paisaje era desolador: las cuatro ochavas eran la representación de una obra conceptual de algún artista perturbado. En una de ellas, una barricada de fuego, palos, humo negro y neumáticos impedía el paso de todo aquello que se acercara, en su aledaña, una multitud de personas (dentro de las cuales yo me encontraba) agolpadas, furiosas y desconcertadas, esperando que algún colectivo los lleve a sus hogares; en la otra una carnicería exhibía con un majestuoso cartel el listado de animales muertos que tenían para la venta: conejos, corderos, ranas, liebres, ciervos, yacarés, cerdos, vacas, etc…siendo la restante el más crudo de los elementos: basura desparramada por toda la esquina, prendida fuego, emanando olor a plástico derretido, olor a progreso desmesurado.
A lo lejos divisamos a nuestro salvador. Todos levantamos la mano para que el colectivo pare, a pesar de que con una sola hubiese bastado. El chofer nos dice que era la última ronda, y que nos apuremos si queríamos salir de ahí. Como vacas que entran a un matadero, comenzamos a subir lentamente por la escalera del colectivo. Cuando todos estuvimos a bordo, el conductor puso primera, y dejó atrás al espejo surreal.
Recorrió diez cuadras, sin parar en ninguna esquina, ya que la capacidad estaba sobrepasada. Me escabullí por el fondo y tuve la fortuna de encontrar un asiento en el fondo que justo desocupaba un obrero. Clavé la mirada por el gran ventanal trasero, reposando la vista en la ciudad, que cada vez se volvía más calma y lejana.
El semáforo detuvo la marcha. Una secuencia espectral en cámara lenta se grabó en mi iris: un señor se baja del colectivo amarillo que seguía nuestro rastro, se para delante de él, hace un ademán de rendición, y con los brazos extendidos en forma de cruz, comienza a gritar fervientemente:”……El principio del fin ha comenzado……”, repitiendo el enunciado, una y otra vez. Parecía que una presencia había poseído su arrugado cuerpo; quizás era el producto de algún delirio místico. Su cuello comenzó a enrojecerse, mientras voceaba la profecía; lentamente el color morado se expandió de su cuello a todo su cuerpo.

El semáforo se puso en verde, era hora de continuar la travesía. La angustiosa aventura no parecía cesar: en la cuadra siguiente, una nube de humo densa, como neblina vespertina, comenzó a desintegrar lentamente todos los objetos de la calle. El sonido del motor eléctrico del trolebús se transformó en el vuelo de un B-52 a toda velocidad, esperando la orden para bombardear. La guerra la habíamos perdido, habíamos asesinado a Dios, para implantar a uno nuevo, hecho de luces de neón y corazón de dínamo. Era muy claro para mí en ese momento: la tecnología había cobrado vida, y nosotros estábamos a disposición de ella, adecuándonos a su compás métrico y repetitivo.
Las máquinas tenían más vida que nosotros. Una bomba techno pensé.
Una ráfaga de viento se llevó la neblina misteriosa; con él, volvían a reagruparse los átomos para figurar nuevamente, la “realidad” de ladrillos y concreto.
El colectivo se iba vaciando lentamente a medida que proseguía el recorrido. Alguien hizo seña. Una leve frecuencia comienza a alterar el aire. En un eco infinito, comienza a elevarse el sonido, que toma forma, para convertirse en una popular melodía de los melosos ochenta, siendo custodiada por un vendedor moderno de barba candado, hip-out absoluto, tarareando al compás del muy moderno gramófono azul que llevaba en su bolso.
- Señoras y señores tengan ustedes muy buenas tardes. Me llamo Rubén y quisiera presentarles (sin ánimo de molestar a nadie), este compilado mp3 con la mejor música de los fantásticos años 80. Usted podrá revivir esa majestuosa época con tan sólo $6. Los grandes artistas está aquí: podrá enamorarse (o reenamorarse), divertirse con sus amigos, bailar hasta el cansancio….a tan sólo $6…
Menuda solución, para un problema tan grande.
Un señor al lado mío lo enfada el vendedor. En sus manos cargaba una pesada carpeta de expedientes de algún caso o de otro asunto “importante”. En las líneas de sus manos gastadas se leía con claridad que el tiempo le había jugado una mala pasada: nunca iba a llegar a destino, siempre los granos de arena lo harían resbalar. El señor en un gesto cómplice me mira, buscando un aliado para su lucha.
Miré al cielo. Un nubarrón negro comenzó a acechar el caluroso y soleado día atípico de mayo. Parecía que en cualquier momento se podía desplomar y aplastar a las hormigas radioactivas nuevamente.
Mi casa estaba a cuatro cuadras. Decidí bajarme antes, para no mojarme. Toqué el timbre, bajé lo más rápido que pude, y comencé a correr hacia mi casa….

L.W.

http://www.lacapital.com.ar/contenidos/2008/05/23/noticia_5501.html
http://www.lacapital.com.ar/contenidos/2008/05/23/noticia_5502.html
http://www.lacapital.com.ar/contenidos/2008/05/23/noticia_5482.html

http://home.actlab.utexas.edu/~litlgirlblue/SoundClass/Bosch.gif

El Ruido de Junio había llegado. Todas las máscaras estaban listas. Niños, jóvenes, adultos y ancianos querían ser parte del gran desfile.

Durante todo el año habían confeccionado los trajes. Un jurado altamente calificado decidía quien participaba y quien no. Los requisitos eran tácitos; sólo los más intrépidos lograron superar la prueba, deslumbrando las miradas ajenas con distorsiones de seda fina.

Los elegidos se reunieron en la plaza principal. El pueblo extasiado coreaba con júbilo el marchar de los nuevos ídolos.

Túnicas de raso, brillos de rubí, laureles dorados y flores de terciopelo azul. Los trajes disparaban aventuras lejanas y sonrisas de cristal.

Los músicos de la orquesta municipal prepararon los tambores: era el momento del gran Ruido.

Los gritos de la multitud cesaron lentamente para convertirse en un murmullo inaudible. La expectativa crecía al son de los palillos de madera que repiqueteaban sobre los parches blancos.

Un anciano de barba mugrienta, cubierto por un sobretodo de paño marrón gastado interrumpió la tensa espera.

Con su voz gruesa y desgarrada comenzó a cantar un nostálgico tango oxidado. La vibración de la misma penetró en los más profundos de sus corazones, provocando incomodidad perversa. Las risas ahuyentaron la perturbante sensación. Pronto todos volvieron al éxtasis, aplaudiendo y señalando con notoriedad la osadía del traje del alcohólico.

El supuesto borracho sucumbió ante tal efecto, rompiendo en furia. Con todas sus fuerzas lanzó la botella verde que guardaba en su chaqueta contra la acartonada orquesta.

Un gran estallido sacudió al público. No era el gran Ruido de Junio.

El silencio que sucede antes de las tormentas fue cortado con diamantes, por el llanto desesperado del trompetista. Lloraba lágrimas de sangre. Intentó tapar la hemorragia con sus manos, pero fue peor, los pequeños fragmentos verdes se incrustaron hasta desgarrar la carne.

Alguien dio el primer grito. Pánico.

Entre todo el revuelo, un niño perdió a sus padres. Estaba tranquilo. Sabía que su padre pronto vendría a su rescate. Rápidamente la multitud se dispersó completamente, quedando enfrentados cara a cara.

Cruzaron sus miradas. El pequeño hipnotizado comenzó a acercarse lentamente hacia el causante de todo el disturbio. No tenía miedo, nunca se había sentido más seguro.

Tomó su mano y le susurro con voz dócil e ingenua:

-¿Por qué lo hizo?

El anciano se agachó a la altura del pequeño, frotó su cabeza y con palabras de fuego le dijo:

-Todo es mentira. Los límites de la creación los pone uno.

Un coche policial arremetió a toda velocidad sobre la calle. El orden lentamente comenzó a restituirse. Habían desaparecido. Solo quedaba el murmullo de sus sombras.

Nunca más se supo de ellos. No encontraron registros del anciano. Muchos pensaron que era un fantasma, un desterrado de los cielos. Otros aseguraron verlos caminar por las vías del tren que cruzan los campos. Lo cierto es que el Ruido de Junio nunca se volvió a escuchar.

L.W.

En una fría noche de abril, la jungla de concreto perdió su bien más preciado: la luz.

Los relojes atrasaban, entre pálidas sombras blancas. La luna se complotaba. Había perdido su esencia, ya no brillaba.

Las hormigas asustadas se paralizaban. Esperaban el sol por nacer.

Todas las casas estaban en completa oscuridad.

Menos una.

Era la única casa en toda la ciudad que irradiaba amarillo.

Él ya lo sabía.

Alguien tocó el timbre.

Era la hora.

Preguntó si necesitaba equipaje.

Miró a sus ojos.

Se despidió de todo…

… y se fue con Él.